De todos los derechos de la mujer, el más grande es el de ser madre.

Rabietas….¡tierra, trágame¡

19.09.2014 03:19

 

 

                ¿Quién no ha vivido alguna vez una rabieta de su hijo en público?. Y ¿quién no ha pensado en ese momento en que la tierra le tragase, porque si no a quien me hubiera querido tragarse es a su hijo/a?. Pues eso me ha pasado a mí, y en más de una ocasión, con mi primogénita.

 

                Ya, desde que era bebé, cuando apenas contaba con un mes, rompía a llorar en mitad  de la calle. A ella no se la veía, pues iba resguardada en un gran capazo, pero su llanto se hacía notar. La gente que pasaba por mi lado,  me miraba con cara de pocos amigos, como diciendo “mala madre que dejas llorar así a esa criatura”. En ese momento, me daban ganas de soltar algún improperio soez, pero en contra de mi voluntad, le esbozaba  la mejor de mis sonrisas y espetaba: “es que la niña tiene hambre”. Lo que aquella señora de turno no entendía es que si acogía en brazos a mi pequeña en mitad de la calle, nunca llegaría a mi casa a conseguir mi objetivo: darle de comer. Pero estos repentinos llantos de bebé fueron el menor de mis problemas.

 

                La cosa cambió cuando a partir del añito mi hija se apropió como el mejor de sus aliados el llanto. Cada vez que no conseguía algo rompía a llorar hasta el punto, como se dice vulgarmente, “se privaba”. La primera vez que le ocurrió me asustó, pues lloraba con tanta intensidad que dejaba de respirar durante unos segundos. Al ver que al final no le ocurría nada y era todo producto de su berrinche, me tranquilicé, al contrario de todos los que estaban a mi alrededor que presenciaban ese aterrador espasmo del sollozo.

 

                Lo peor no era que solo llorase, sino que el llanto fuera acompañado de algún que otro vómito, que era lo habitual. Normalmente, las rabietas de mi hija estaban relacionadas con la comida. Ella no quería probar bocado, yo me enfadaba, y ella “entraba en barrena”. Lloraba sin cesar y al final lo poco que había comido lo regurgitaba.  De hecho el primer año del curso escolar, la mayoría de los días vomitaba el desayuno acompañado de su correspondiente pataleta.

 

                Cuando realmente lo pasaba mal, y me refiero a mi, era cuando la rabieta se producía en público: en un restaurante, en una reunión de amigos o en una simple comida familiar. Era una situación violenta el ver a tu hija tirada en el suelo llorando y sin saber qué hacer, cómo actuar ante esa tesitura y cómo manejar la situación.

 

                Los expertos aconsejan “permanecer calmados e ignorar al niño”. ¡Díos, ¿cómo voy a permanecer calmada si mi hija no deja de gritar, patalear y sollozar?, ¿cómo la voy a ignorar si tengo mil miradas a mi alrededor que me están diciendo-¡madre de la criatura, haz algo!?-. Es una situación complicada en la que hay que armarse de valor, coger al niño en brazos o arrastrarlo por el suelo (según el peso del niño/a) y llevártelo de la escena del “crimen”.

 

                La única solución ante las rabietas ocasionales es que se les pase cuanto antes, porque en esos momentos el niño/a no atiende a razones. Afortunadamente, los berrinches y pataletas suelen desaparecer en torno a los cuatro años. Y todo queda en unas inolvidables y desesperadas “anécdotas”.