De todos los derechos de la mujer, el más grande es el de ser madre.

La hora de la comida…¡un suplicio!

19.05.2014 02:24

El sueño y la alimentación fueron mis dos grandes batallas con las que tuve que lidiar cuando mi pequeña nació. Como ya expliqué en mi segundo post fue una odisea que mi recién nacida “se enganchara al pecho”, pero con esfuerzo y tesón, lo conseguí, o mejor dicho, mi niña lo consiguió. Pude tirar la toalla y “enchufarle” un biberón a la primera de cambio, pero mi empeño para que mi pequeña se alimentara de leche materna no fue en vano y tuvo su recompensa.

Cuando tocaba la hora de comer, las dos llorábamos al unísono, ella porque tenía hambre y no conseguía mamar y yo porque quería alimentarla y no sabía cómo. No fue nada fácil. Tenía la boquita tan pequeñita y yo mi areola tan grande… (debido en gran parte al embarazo primero y la lactancia después) que era misión imposible que estas dos partes del cuerpo se unieran. Así que aprovechábamos que ella llorara para que abriera la boca, cogerle la cabeza y llevársela hasta mi pecho para que pudiera mamar. Pero madre mía, ¡qué dolor!

Cada tres o cuatro horas iniciábamos el mismo rito hasta que un día por fin se enganchó….hasta tal punto que nunca más quiso el biberón. Esto supuso otro problema, pues a la hora de introducirle los cereales no pude metérselos en un biberón, y tuve otra gran ardua tarea para alimentarla con tan solo cinco meses, pues yo me incorporaba a trabajar.

Cuando por fin la lactancia se consolidó (nada fácil reitero y vuelvo a reiterar) llegó la hora de introducirle nuevos alimentos. Tenía la esperanza de que lo sólido lo asimilara mejor. Pero, mi gozo en un pozo, pues era misión imposible meterle una sola cucharadita por esa pequeña boca.

Cuando llegaba la hora de comer, me armaba de valor y comenzaba mi ritual: coger a la niña; sentar a la niña en la trona o en la hamaquita cuando contaba solo con cuatro meses; ponerle los dibujos en la tele, y comenzar a hacer de todo lo que se me ocurriese para que esa niña abriera la boca. El resultado: la papilla derramada por todo su cuerpo, parte del mío y por todo lo que estuviera en nuestro alrededor (televisión incluida).

A veces contaba con la ayuda del padre, la abuela, el tío…..pero nada, que la niña seguía sin abrir la boca. Si tenía suerte, podía comerse medio tazón de cereales después de estar casi una hora de reloj haciendo todo lo que sabía. Y sin suerte, mi princesita vomitaba todo lo que le había introducido en su cuerpecito con un gran esfuerzo.

Lo mismo ocurrió con la introducción de los purés de fruta y de verdura. Nada le venía bien. Hasta que llegó el día que la llevé a la guardería. ¡Bendita guardería!, pues allí empezó a comer. No de todo, pero sí comía. Por lo menos me quitaba dos tomas de sufrimiento: el desayuno y la comida.

Pasaron los días, los meses y mi pequeña empezó a comer algo mejor. Y digo algo mejor porque hasta la fecha (y ya tiene casi 7 años) no prueba la verdura ni la fruta. Pero come casi de todo: legumbres, carnes, pescados, pasta, arroz, huevos, leche…eso sí, todo muy sano, sin ningún tipo de condimento ni salsa.

A decir verdad, pasé unos primeros años un tanto angustiosos en este aspecto con mi pequeña. La llegué a apuntar al comedor del colegio, y en un principio, le iba bien porque llegó a probar nuevos alimentos, pero el último año también se negaba a comer allí.

A día de hoy, mi hija no come de todo como a mí me gustaría, pero come; y como dice su padre, come lo que le pide el cuerpo, ni más ni menos.